Cuando Francis Fukuyama formuló su tésis sobre el fin de la historia, no estaba diciendo nada realmente revolucionario, estaba certificando algo que las ciencias sociales y la intuición histórica nos venían diciendo desde hace bastante tiempo: para cualquier sociedad que aspire a ser próspera y moderna, convertirse en una democracia liberal era inevitable, o al revés, el coste de no ser una sociedad abierta es ser una sociedad primitiva o subdesarrollada.
Llamaré conservadurismo social (por oposición al económico) a la oposición que en la mayoría de países viene encarnada por alguna organización de corte religioso a la libertad sexual, los derechos de los homosexuales, el derecho a criticar aspectos “sagrados” en público, la eutanasia, o la igualdad hombre-mujer. A lo largo del siglo XX hemos visto un cambio profundo en las sociedades occidentales que desembocaron en dos grandes eventos a finales de los 60: Mayo del 68 y el Concilio Vaticano II. Desde entonces, el progresismo en materia social ha comenzado a ser un fenómeno ampliamente mayoritario en la sociedad y el conservadurismo a estar en franco retroceso. Este progreso se ha producido, no sólo a nivel legal- no son solo reformas políticas- sino también social y cultural.
Las razones son en última instancia tecnológicas, demográficas o evolutivas: una sociedad con una clase media amplia no puede dejar de ser una democracia y una democracia debe tener libertad de expresión para funcionar. Una sociedad dónde las mujeres están en el mercado laboral no puede discriminarlas sistemáticamente. En teoría de juegos diríamos que no se trata de un equilibrio estable. Eso hace que todas esas “conquistas” sean eso, conquistas con carácter irreversible, igual que nadie propone volver a la monarquía absoluta como forma de gobierno, ningún gobierno que quiera ganar elecciones puede proponer, en serio, la penalización del aborto o ilegalización del matrimonio homosexual allí dónde se ha logrado.
Curiosamente, la derecha no ha terminado de digerir esta idea y vemos en los programas electorales de cualquier partido de derechas, incluso de derecha moderadas, propuestas de aire conservador. No hay, propiamente dicho, una derecha liberal que sea mayoritaria en ningún sitio. Mi punto de vista es que la explicación para esto es puramente electoral: es la misma por la que los partidos de izquierdas flirtean con discursos de aire marxista.
La formación de la identidad de izquierdas o de derechas que mantiene unida a un partido es el resultado de una serie de alianzas. En un sistema eficiente, es decir, que tienda al bipartidismo, el espacio electoral tiende a segmentarse en dos grupos. La ideología se forma primero dentro del grupo como resultado de la negociación de las facciones y después como enfrentamiento con el grupo contrario. El caso de los conservadores religiosos es especial: se trata de un “issue voters” su vote depende sólo de un par de aspectos, lo que les da un poder de negociación mayor al que les correspondería por su peso social. Esto los convierte en una “minoría dominante” dentro del grupo que les permite asegurarse que los partidos de derechas mantengan en sus agendas propuestas netamente conservadoras, aún cuando electoralmente sería mejor tener propuestas progresistas que reclamaría el electorado.
El resultado es, por supuesto, un conjunto de políticas relativamente incoherentes en las que, muy a menudo, ni los líderes ni la mayoría de los votantes creen realmente, pero que tienen que aparecer en la agenda para contentar a las facciones y a una minoría de votantes. Muy a menudo, la contradicción alcanza a los individuos mismos que, o bien acaban sufriendo esquizofrenia política, o bien se ven obligados a ser simplemente hipócritas.
Tenemos ejemplos de esta hipocresía/esquizofrenia a mansalva. Mi caso favorito es el de Sarkozy, quién después de haberse hecho un montón de fotos con Cecilia defendiendo el concepto tradicional de familia y un estilo de vida “conservador” durante la campaña electoral, tardó sólo unos meses en largar a su mujer del Elíseo para liarse con una top model- por favor, la historia parece sacada de Miami, dejando al margen el hecho de que el tipo de cocainómano (esto es “confidencial”). Otro ejemplo es la enardecida defensa de la Iglesia católica que hace Jiménez Losantos cuando es algo bastante bien sabido que el tipo es básicamente ateo. Pero este post se me ocurrió con el “escándalo” de Berlusconi porque resulta que, oh cielos, al tipo les gustan mujeres que no están dispuestas a acostarse con él gratis. Esta imagen de Berlusconi contrasta con la que el tipo daba haciéndose el paladín de lo tradicional en el caso de Eluana.
Obviamente, no hay nada intrínsecamente malo en el hecho de cambiar de mujer, ser ateo, o que a uno le guste dar fiestas dónde acuden top models a cambio de dinero; lo que sí es absurdo es que eso se combine con una defensa de ideas conservadoras en el plano social. A eso es lo que me refiere con que la ideología conservadora está de capa caída: es obvio que ni siquiera sus defensores creen realmente en ella. En el fin de la historia “no está a la altura de los tiempos” como diría Ortega. Por supuesto, otro tanto de los mismo es aplicable a las ideas pseudomarxistas que pululan por los partidos socialdemócratas (aunque yo creo que nosotros los tenemos más fácil).





